Columna: Más allá de los titulares
Por Alejandro Gleason
Un gran amigo me dijo una vez: “Una vez que te subes a la bici, no puedes voltear hacia atrás; la mirada debe ir siempre al frente”. Coincido plenamente, con una salvedad importante: antes de subirte, conviene observar el camino recorrido. No para quedarte ahí, sino para tener claridad sobre qué funcionó, qué no y qué errores no vale la pena repetir.
El problema del ser humano no radica en cometer errores, sino en insistir en ellos aun sabiendo que conducen a su propia caída. Algunos lo atribuirán a la ignorancia, otros al masoquismo o a la falta de autodominio. Pero esas explicaciones llegan tarde. Lo hecho, hecho está.
En los últimos meses comencé a leer a un autor que me ha capturado por completo: Nassim Taleb. Su enfoque pragmático y sistémico ofrece una visión particularmente lúcida para entender la vida. Desde esta lógica, el error no es el enemigo. Lo verdaderamente dañino es la fragilidad: la incapacidad de aprender del golpe y la tendencia a exponerse una y otra vez al mismo tipo de daño. Lo frágil se rompe con el error; lo robusto apenas resiste; lo antifrágil, en cambio, mejora gracias a él.
El punto crucial, entonces, no es señalar, culpar o avergonzar. Tampoco quedar atrapados en la autocompasión o en el juicio moral del pasado. La tarea real consiste en transformar el error en información y la caída en retroalimentación útil. No para justificarla, sino para que cumpla su función formativa.
Abrir nuevas puertas implica asumir una exposición distinta al riesgo. Significa permitir la aparición de errores nuevos, distintos, nacidos del intento consciente y no de la repetición automática de viejos patrones. Pero es precisamente ahí donde también se gestan las grandes conquistas: los triunfos inesperados, los amores que transforman y el descubrimiento de todo aquello de lo que somos capaces.
Nada de esto ocurre sin costo. Exige dejar atrás el miedo, aceptar la incertidumbre, abrirse a la vulnerabilidad y atravesar la incomodidad propia de lo desconocido. Sin embargo, es justamente en ese territorio, en donde ya no hay garantías ni certezas, donde la vida deja de ser reactiva y comienza a ser verdaderamente elegida.
Taleb es claro: el progreso no surge de evitar el error, sino de evitar el mismo error amplificado por la inconsciencia. Errar mejor es una señal de crecimiento.
Porque avanzar no es vivir sin tropiezos, sino diseñar una vida que no dependa de que todo salga bien. Negarse a caer siempre en el mismo lugar es un acto de inteligencia práctica. Y es ahí —en una relación madura con la incertidumbre, el riesgo y el error— donde el ser humano deja de ser frágil y comienza, verdaderamente, a volverse antifrágil.
Porque no se trata de vivir sin errores, sino de vivir de tal forma que cada experiencia de vida tenga algo que enseñarnos y nos moldee con la profundidad suficiente para enriquecer nuestra propia existencia. Aprender a agradecer, a valorar y, por qué no, a convertir nuestras vivencias —aciertos y caídas por igual— en una guía útil para quienes vienen detrás de nosotros.
Porque cuando la experiencia se asume con conciencia, deja de ser solo personal y se transforma en legado





