Columna: Desde el otro lado

Por Luis Rodrigo Guzmán Viniegra

El adjetivo “lisonjero” deriva del nombre lisonja, tomado del provenzal “lauzenja”, que se usa con el sentido de “alabanza afectada para ganar la voluntad de alguien”. Una persona lisonjera es aquella que hace todo lo posible por alabar, engrandecer y agradar a alguien. Esta palabra, que prácticamente había quedado en desuso, debería volver a nuestro vocabulario derivado de lo que hemos visto durante los últimos años en ambos lados de la frontera.

En el ámbito empresarial, cuando posees tu propia empresa o eres directivo, es fundamental rodearte de personas críticas que sean capaces de analizar los problemas y tengan la confianza de decirte cuando estás haciendo algo que puede perjudicar a tu empresa. Lo último que quieres es una persona que solo diga que sí o solo te adule, porque no va a ayudarte en situaciones de crisis o probablemente hasta te oculte cuando hay un problema solo por quedar bien contigo.

En el gobierno, las personalidades fuertes como la de Andrés Manuel o Donald Trump provocan acciones de lisonjería en su entorno inmediato. Esta circunstancia, ya sea voluntaria o inconsciente, les impide ver las problemáticas reales que poseen sus países y los han llevado a tomar decisiones más alineadas a la voluntad propia, que a solucionar los problemas de fondo.

Si bien López Obrador ya no es presidente, la práctica de lisonjería sigue prevalecido para la presidencia de México, o cuando menos eso nos dejan ver. Durante las últimas semanas, Claudia Sheinbaum ha sido muy insistente en declarar que la economía del país está fuerte, creciendo y siguen llegando inversiones. La realidad parece ser muy diferente, ya que se acaban de publicar los números de la actividad industrial del mes de enero y la contracción fue de -2.8% contra enero de 2024, lo que ya suma cinco meses consecutivos de caída y representan números negativos en el acumulado anual.

Lo más delicado es que estos números son información anterior a la guerra de aranceles en la que Trump tiene agarrado del cuello a Canadá y a México. La construcción, que es uno de los indicadores más sensibles a los cambios económicos ha caído un 7% anual. Lo que se está viviendo en México es el inicio de una recesión, que básicamente significa que los consumidores tendrán mucho menos dinero para gastar y la economía estará frenando su actividad.

Por otra parte, las declaraciones de Donald Trump y su falta de claridad en la aplicación de medidas económicas ya provocaron altibajos en la bolsa que han costado miles de millones de dólares a inversionistas. Su aceptación ha caído de forma significativa, pero más importantemente, los empresarios que habían apostado a su campaña hoy no están contentos con una posible recesión también de este lado de la frontera. Lo anterior, nos da señales que la presión de los capitales finalmente podría revertir la cruzada arancelaria del presidente en un corto plazo.

Tal como lo había comentado en mis columnas anteriores, México no puede darse el lujo de tener problemas económicos con los Estados Unidos y tendrá que seguir tocando al son que toque Donald Trump, pero será importante empezar a ampliar los mercados y diseñar una estrategia a largo plazo que reduzca la cantidad de deuda que se sigue contrayendo. El sistema bancario mexicano ya se encuentra en perspectiva negativa por parte de las calificadoras económicas y si no se toman acciones se puede perder el grado de inversión. Claudia Sheinbaum está en una encrucijada complicada, puede ajustar el rumbo o seguir la misma dinámica de los años anteriores escuchando voces lisonjeras. Ya no hay oposición y ya tienen los votos, nadie les va a reclamar hacer cualquier cambio, aquí se trata de regresar el crecimiento a la economía mexicana.

Una vez más, a nosotros nos toca observar y esperar lo mejor para ambos países. Yo sigo leyendo sus comentarios… desde el otro lado. Muchas gracias por su lectura.

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