El 20 de octubre de 2020 quedó marcado en la historia de la exploración espacial, cuando la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) consiguió que su sonda OSIRIS-REx tocara por primera vez la superficie de un asteroide. La hazaña ocurrió en Bennu, un cuerpo rocoso de aproximadamente 500 metros de diámetro, cuyo estudio podría revelar información sobre el origen del sistema solar.
La operación fue tan precisa como sorprendente: después de varios años de viaje, la nave descendió lentamente y extendió un brazo robótico para entrar en contacto con la superficie durante aproximadamente seis segundos. Mediante un mecanismo que liberó gas nitrógeno, logró levantar pequeñas partículas de polvo y fragmentos de roca que quedaron atrapados en su recolector, antes de alejarse nuevamente del asteroide.
Aunque el histórico contacto ocurrió en 2020, las muestras llegaron a la Tierra hasta el 24 de septiembre de 2023, cuando una cápsula aterrizó en el desierto de Utah, Estados Unidos. Tras analizar el material recuperado, la NASA confirmó que había obtenido 121.6 gramos de polvo y rocas, más del doble de los 60 gramos establecidos como objetivo mínimo de la misión.
El verdadero valor de este hallazgo no está en la cantidad de material, sino en la información científica que contiene. Los investigadores han identificado compuestos ricos en carbono y nitrógeno, además de moléculas orgánicas relacionadas con los componentes esenciales para la vida. Aunque esto no significa que exista o haya existido vida en Bennu, las muestras permiten estudiar los procesos químicos que ocurrieron hace miles de millones de años y comprender mejor cómo pudieron llegar a la Tierra algunos de los ingredientes necesarios para su aparición.






