Columna: Más allá de los titulares
Por Alejandro Gleason
Para la gran mayoría de nosotros, el momento de “salir de la burbuja” llega al ingresar a la universidad o al comenzar a trabajar, ya sea en una empresa o como empleados. Son esos momentos en los que uno salta hacia lo desconocido, donde la visión del mundo comienza a expandirse, notando que existen otras formas de pensar, de hacer las cosas, de ver la vida y, en cierta medida, empezamos a cuestionar aquellas ideas preexistentes que en su momento fueron señaladas como dogmas absolutos.
En mi caso, al atravesar estas etapas, he tenido la oportunidad de aprender una infinidad de temas que han aportado gran valor a mi desarrollo personal en diversos aspectos.
Sin embargo, hay dos temas fundamentales que no me enseñaron dentro del aula y que considero esenciales para la vida: la comunicación efectiva y la inteligencia emocional. Ambos son pilares clave para la autogestión y para establecer relaciones sanas y constructivas con los demás.
Estas habilidades, lejos de ser simples herramientas sociales, se convierten en brújulas que guían nuestras decisiones, reacciones y formas de conectar con los otros. La comunicación efectiva no solo trata de hablar bien, sino de saber escuchar, de interpretar el contexto, de indagar por qué la otra persona piensa lo que piensa y, al adentrarnos en su mapa mental, poder expresar con mayor claridad nuestras ideas, tomando en cuenta de dónde nace dicho pensamiento. Esto permite construir puentes en lugar de muros.
Un ejemplo claro de lo contrario lo viví recientemente en una reunión con Julieta, quien me compartía su frustración respecto a su hijo adolescente. Me contaba que su hijo de 15 años no respetaba las reglas de casa: traía personas desconocidas, llegaba muy tarde los fines de semana y pasaba tiempo con su novia entre semana, dentro del hogar. Julieta se sentía agobiada, molesta y emocionalmente desgastada, pues sentía que su hijo constantemente traspasaba los límites.
Entonces le pregunté: “¿Qué límites has establecido tú de manera clara?”.
Su respuesta fue sincera y reveladora: “La verdad, nunca los he dejado del todo claros”.
Julieta proyectaba angustia por una situación que, desde el inicio, nunca fue debidamente comunicada. Este tipo de conflictos nos recuerdan que, cuando no expresamos con claridad lo que esperamos, inevitablemente surgen tensiones internas y externas. No basta con sentirnos invadidos o molestos si no hemos aprendido a comunicar nuestras necesidades y valores de forma asertiva, ni a establecer límites coherentes.
Y es precisamente ahí donde estas dos habilidades —la comunicación efectiva y la inteligencia emocional— se vuelven fundamentales.
Por otro lado, la inteligencia emocional es el arte de conocerse, de salir de la mecanicidad para ser capaces de gestionar nuestros impulsos, reconocer nuestras emociones y también las de los demás. Solo así podemos generar relaciones más auténticas, humanas y sostenibles en el tiempo.
Ahora pregúntate:
¿Cuánto tiempo, cuánto dinero, cuántas oportunidades o cuántas amistades habrías ganado o conservado si desde temprana edad te hubieran enseñado a regular tus emociones y a comunicarte de forma clara y consciente?
¿Cuántos conflictos se habrían evitado? ¿Cuántas puertas se habrían abierto?
La respuesta, aunque puede doler, también puede iluminar. Porque nunca es tarde para comenzar a cultivar estas habilidades. Y si decides hacerlo hoy, estarás tomando una de las decisiones más sabias y transformadoras para tu vida… y para quienes te rodean.
Hoy más que nunca, en un mundo saturado de ruido, necesitamos recuperar el valor de la escucha. No esa escucha superficial que solo espera su turno para hablar, sino la que se detiene, observa, respira… y busca comprender.
He descubierto, en mi labor como coach, que muchas veces el mayor cambio en una persona no ocurre cuando habla, sino cuando —por primera vez— se siente realmente escuchada. Y a la vez, cuando aprende a escuchar con intención, respeto y presencia.
Si esta reflexión resuena contigo, tal vez sea momento de hacerte una última pregunta:
¿Estoy realmente escuchando a los demás… o solo estoy esperando mi turno para responder?
La transformación empieza por ahí.
@alexgleasonf